Volver a empezar
Juan José y Miguel trabajaban en la Empresa Provincial del Vidrio en Ciudad de la Habana. Tras constantes enfrentamiento con el jefe de turno la situación se tornó insalvable y antes que les echaran ellos prefirieron ‘pedir la baja’, que es el término empleado por los cubanos para renunciar en el trabajo.
Ellos habían forjado una amistad a prueba de toda disputa, por eso prefirieron correr suerte juntos y entre ambos le rentaron una parcela al gobierno, justo en el propio Municipio de la Lisa, muy cerca del Combinado del Vidrio donde trabajaban antes.
“Pareciera que fuéramos adivinos, nada más nos fuimos del Combinado y éste dejó de producir, parece que para hacer botellas se gasta mucho petróleo y prefirieron mandar a todos a su casa”, dice el elocuente Miguel mientras Juan José comenta que con su renuncia solo se adelantaron a algo que ya les tocaba. “Somos campesinos por necesidad, no por vocación”.
A la parcela le entraron con todas las ganas del mundo, había restos de automóviles, escombros, maleza y hasta piezas de concreto, pero como era el único terreno disponible no se detuvieron a quejarse. Tardaron unos meses pero al final pudieron comenzar a sembrar.
Entonces vinieron los robos, no había manera de evitar que cada mañana algunos surcos aparecieran limpios, se robaban hasta las posturas. En tiempo de cosecha había que dormir en el campo, “una vez pagamos a un vigilante y luego le sorprendimos robando”, cuenta Miguel entre burlas. El robo en los campos es un mal generalizado y a veces demasiado sofisticado para ser el acto de una sola persona.
“Pero no podíamos renunciar por esta dificultad, así que tuvimos que sobreponernos al robo y tratar que cada vez quedaran agujeros más pequeños” dice Miguel que ya hace de cronista de la pareja de amigos. “Nos siguieron robando pero no como antes, todos los días se las ingenian para encontrar nuevos métodos, hay que estar arriba del campo para que les cueste trabajo aprovecharse de nosotros”.
Luego pasaron a sufrir las consecuencias del desabastecimiento de los mercados, mientras más crecían como productores agrícolas, menos productos encontraban en las tiendas para satisfacer sus necesidades.
“Obligados caímos en el mercado negro”, dice Miguel. “No había manera de que pudiéramos abastecernos legalmente de equipos, semillas o productos para la agricultura”. Con la nueva práctica ilegal no tardaron en llegar los inspectores, policías y creció el riesgo de perder la concesión de la tierra y desaparecer como productores. Juan José dice que si antes dormían poco por vigilar a los ladrones, ahora dormían menos por la presión de saberse haciendo algo ilegal. Pero crecieron y siguieron adaptándose a las condiciones reales.
Otra complicación era la comercialización de los productos cosechados. “El Estado te obliga a venderlos solamente a ellos, pero a la misma tierra llegan compradores ilegales que te pagan mucho más por los productos. Esto provoca que comiences a mentir en tus declaraciones de entrega y ventas al Estado. Nos consolábamos al saber que todos hacían lo mismo, así que no éramos los únicos malos”.
Llegó un momento en que era cuestionable el papel de trabajadores agrícolas de Juan José y Miguel, las pocas y malas cosechas que entregaban hacían dudar. Agradecen al inspector de la agricultura, que les habló seriamente, su actitud era evidente y sería mejor que rectificaran antes que lo perdieran todo.
Ellos habían interiorizado que el inspector tenía razón y que les correspondía enmendar su conducta, que era mejor poco que nada y de todas formas seguirían reclamando para que esa política de recolección a favor del Estado cambiara de una sola vez.
Pero entonces llegó el ciclón y se lo llevó todo, Juan José y Miguel perdieron su trabajo completamente a manos del fenómeno natural más reciente. El terreno quedó arrasado, ahora mismo están pensando en qué hacer, no encuentran la ayuda necesaria en ningún lugar, no pueden comprar o rentar los implementos que se precisan para volver a comenzar.
“Tal pareciera un castigo por todo lo malo que hicimos anteriormente”, piensa Juan José, mientras contempla la vasta extensión que ha perdido hasta el orden de los surcos. No saben si van a entregar la tierra. “No sé lo que piense Miguel ahora mismo, pero lo único que nos queda es la tierra, así que no podemos perderla”.
Miguel asegura que van a comenzar de nuevo, “ni con otro ciclón dejamos de sembrar, pero esta vez creo que lo haremos mejor, ya aprendimos, así que podemos empezar en serio”.
Juan José asiente mientras Miguel habla y al final reclama: “Lo que hace falta es que no seamos los únicos que tomemos las cosas de otra manera, necesitamos que el Estado también quiera empezar de nuevo, que no sean inspectores y cobradores lo único que manden, que envíen su ayudita también”.
Los amigos comienzan a reparar los postes de la cerca, levantan del suelo los pedazos de alambre que alguna vez marcaron sus linderos, “esto vuelve a brillar, vengan el año que viene que les vamos a sorprender”, dice Miguel mientras Juan José niega con la cabeza.
Les queda un largo camino por recorrer, pero ya tienen garantizada la voluntad y la tierra.
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Comentarios
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- FICHU M
- 23 de octubre, 2009 4:19 pm (GMT-5:00)
- ESE ES EL DEPORTE NACIONAL DESGRAIADAMENTE EN CUBA. QUE PENA. SALUDOS .
- sofiel
- 18 de octubre, 2009 10:19 am (GMT-5:00)
- Roban en todas partes
- sushi
- 17 de octubre, 2009 10:00 am (GMT-5:00)
- par de cabrones es lo que son, inventaron en todos los lugares y ahora se hacen los arrepentidos
- Sonia
- 16 de octubre, 2009 2:20 pm (GMT-5:00)
- Asi hay muchas personas en Cuba que se tiene que volver a levantar del suelo todos los dias, con golpes fuertes pero recueprandose.
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