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El alcoholismo no cree en lágrimas


Osmany Figueroa, estudiante de medicina, era un adolescente dicharachero que acostumbraba responder a los que lo saludaban con la frase de ocasión en Cuba: “Aquí, en el tíbiri-tabara”, “qué volá, acere”, o “consorte, viviendo y muriendo en Altahabana, el barrio que no cree en lágrimas”.

Esta última era una frase de su propia creación, de la que en cierta forma se sentía orgulloso. Porque Osmany vivía desde su nacimiento en ese populoso reparto de la capital cubana, y muchos domingos los había pasado, como la mayoría de sus amigos, viendo películas soviéticas, entre ellas una que lo atrapó por su nombre: Moscú no cree en lágrimas.

Tendría 21 años cuando agregó tres elementos a su vida, que consideraba plana, carente de contrastes.

Primero, las prácticas de interno en el Hospital Nacional, a dos cuadras de su casa; después, los besos ardientes a Yadira, su primera novia formal y, por último, las tardes de domingo compartiendo uno que otro trago de una botella de ron, salida misteriosamente de la bolsa de algún amigo.

Osmany, pese a haber estudiado medicina, no comprendió que estaba dando el primer paso en lo que terminaría siendo un largo camino hacia el alcoholismo. Un camino que recorrería a un costo muy alto.

Los problemas comenzaron cuando el bautizo con ron de los domingos se extendió también a los sábados, y sus respuestas a las quejas de su madre, de que estaba bebiendo mucho y reuniéndose con personas de dudosa conducta, se tornaron cada vez más bruscas, hasta llegar a las malas palabras, los tirones de puerta y los rugidos.

Nunca supo cuándo llegó a la siguiente etapa, la de beber cuando al atardecer terminaba sus prácticas en el hospital. Mucho menos cuando se hundió en la otra: si su turno comenzaba al mediodía, no veía nada malo en empinar la botella esa mañana y tomar un par de tragos.

Se decía que era la mejor forma de iniciar la jornada, porque así estaba más animado. Incluso, se sentía más seguro.

De repente, a la sensación de seguridad empezaron a seguirla lapsos de fuerte ansiedad, que no se despejaban hasta el próximo trago de ron o cerveza. Y la ansiedad no vino sola: estaba acompañada por náuseas, sudoración y temblores. Osmany, simplemente, se había vuelto dependiente del alcohol.

Ya para entonces, había recibido una que otra amonestación de sus superiores en el hospital, para quienes no había pasado inadvertida la variación en su conducta. Porque quien fuera un interno celoso de llegar temprano a su turno, que escuchaba atentamente a los especialistas que lo instruían y realizaba con esmero y hasta con exceso sus labores, había pasado a ser primero, uno más en el grupo y después no sólo eso, sino alguien que se hacía notar por sus rezagos.

La novia, a la que inicialmente había arrastrado a su adicción, despertó a la realidad cuando se encontró una tarde vomitando, mientras los amigos de Osmany, y el propio Osmany, se reían y la llamaban ‘flojita’.

Cuando Yadira dejó de responder a los silbidos de Osmany para que se asomara al balcón de su apartamento, también en Altahabana, y empezó a salir con otro joven, Osmany pareció hallar el pretexto perfecto para hundirse más en la bebida.

La historia de Osmany concluyó como la Crónica de una Muerte Anunciada: La depresión aumentó, empezó a sufrir ataques de llanto y pensamientos suicidas y su profesión quedó relegada al último escalafón en su lista de prioridades. La consecuencia no se hizo esperar: el joven de promisorio futuro vio tronchada su carrera.

Su caso no es aislado en Cuba, ni tampoco exclusivo del país caribeño, en esta corriente de incremento en el mundo, que arrastra como un torbellino al adicto hasta el fondo de la botella, sólo para descubrir que por ese lado no hay salida.

Autoridades de salud en la isla están abordando este tema preocupante a nivel internacional, sin duda de impacto muy dañino. El profesor Ricardo González Menéndez, jefe del Servicio de Toxicomanías del Hospital Psiquiátrico de La Habana, analizó esta situación en su libro Cómo enfrentar el peligro de las drogas.

González Menéndez, doctor en Ciencias Médicas, alerta en su obra acerca de la urgencia de educar más sobre el peligro que representa el alcoholismo: “Cuando sus complicaciones, ya sean psiquiátricas o corporales, aparecen, es porque la persona ha sido alcohólica sin saberlo desde varios años antes”. Otra prueba de que la ignorancia mata.

Al examinar las características del alcoholismo, González Menéndez presta particular atención a una especie de arena movediza. Se trata de lo que los científicos denominan la etapa de consumo de riesgo, o sea, cuando la persona comienza a sobrepasar los límites considerados aceptables socialmente.

A nivel internacional, esta frontera se describe como el alcohol ingerido no más de dos veces a la semana en una cantidad no mayor de un cuarto de botella de ron, o una botella de vino, o cinco medias botellas de cerveza por día.

Osmany Figueroa, entretanto, ha comenzado una nueva y también prolongada marcha. Pero esta vez, como el salmón, contra la corriente de quienes consideraba sus amigos. Gracias al apoyo de su familia, y a la asistencia de especialistas para informarse sobre las características de su mal, está venciendo en el penoso camino que tiene que recorrer todo el que quiere abandonar la adicción, convencido ya de que la botella no cree en lágrimas.

Porque si es verdad el dicho de que guerra avisada no mata soldado, la batalla en la educación sobre los males del alcoholismo y en especial sobre lo que significa traspasar esta delgada frontera, podría ser esencial para frenar la marcha que conduce a tan grave trampa, una trampa muchas veces mortal.

O, para decirlo a la manera del Dante, una marcha que termina frecuentemente en una puerta ante la cual ya no queda más remedio que dejar a un lado toda esperanza.

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