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Eso que anda…en los labios


Corre 1980. Caridad es periodista de un centro de documentación, e integra una delegación que parte de La Habana con otros colegas a un extenso recorrido por países del continente africano.

Semanas más tarde, la joven que solía burlarse de los sentimientos románticos regresa embelesada: había conocido durante la gira a su ‘príncipe encantado’, con el que soñó desde su adolescencia. De modo que echa a un lado el escudo de la supuesta indiferencia y admite, de paso, cuán diferentes son las relaciones sexuales cuando está Don Amor de por medio.

Lamentablemente, su historia no cuenta con el desenlace feliz de los cuentos de hadas.

A Caridad no sólo la había inoculado Cupido. También presentaba síntomas de un extraño mal, al que ningún especialista podía identificar. La ausencia de pronóstico estimuló el ciego optimismo de colegas y amistades, optimismo sustituido por galopante preocupación cuando la periodista fue internada en el Instituto de Enfermedades Tropicales.

Murió una noche marcada por la fiebre alta y los ataques de delirio, en los que mencionaba el nombre de la persona a la que había amado. Le rogaba que la besara.

No fue la primera ni la única muerte de ese tipo, así que ante la carencia de datos los cubanos describieron a las causas de semejantes decesos como ‘eso que anda’, como habían catalogado también a algunas gripes.

Pronto despertaron con la noticia de que una terrible plaga, el SIDA, estaba azotando al mundo. Y comprendieron que algunas de las muertes atribuidas en principio a motivos inexplicables habían hallado su lógica: habían sido causadas por el VIH.

Muchos sucumbieron a rumores iniciales de que el SIDA se transmitía no sólo por la cópula sino por los besos y hasta por las lágrimas. Y el machismo local adoptó sin dudarlo la difundida versión de que el flagelo atacaba exclusivamente a los homosexuales, como castigo por sus preferencias sexuales.

El tiempo se encargó de echar por tierra esas ideas. El VIH no perdona a los heterosexuales, y el beso no es un vehículo natural para la difusión de este virus mortífero. El riesgo queda para casos en que se besa a una persona contagiada, y esto por el potencial contacto con la sangre, si están enfermas las encías.

Pero, ¿paga nuestra salud algún otro precio cuando expresamos el cariño de ese modo tan antiguo? La respuesta podría ser afirmativa.

El beso, esa práctica que invade los sentidos y confunde la razón, y que ha inspirado miles de canciones -en cientos de idiomas- y quién sabe cuántos poemas, es desde hace tiempo objeto de más de un estudio. No pocos han concluido con un alerta: “¡Cuidado: hay peligro!”

Algunas de las investigaciones afirman que el ser humano pierde parte de su vida -contabilizado todo en años, días, minutos y segundos- a causa de emociones supuestamente provocadas por un hábito que nadie puede decir con exactitud dónde y cuándo nació, aunque lo sitúan casi siempre mucho antes del Imperio Romano.

A la lista negativa se suman ciertas enfermedades provocadas por el traslado de gérmenes de boca a boca. La principal es la mononucleosis infecciosa, causada por el virus de Epstein-Barr; ataca sobre todo a adolescentes y adultos jóvenes.

Corre 2009. Yuri es un dinámico estudiante del Instituto Preuniversitario del Vedado, en La Habana. Muchos de sus condiscípulos lo llaman el ‘mago del balón’, por sus admirables anotaciones en el baloncesto, su deporte favorito.

Sus amigos más íntimos le asignan un apodo más colorido, no libre de burla. Le dicen ‘beso brujo’, porque, según sus alardes, muchacha que besa, muchacha que cae rendida en sus brazos.

Una tarde de martes, día de prácticas de baloncesto, Yuri se siente agotado, y no puede ufanarse ni de una canasta.

De regreso a casa, saluda a su madre y se acuesta, algo muy inusual en un joven tan activo. Sara, la mamá, no deja de notarlo. Le pone la mano en la frente, lo encuentra febril y decide que visitarán al médico para saber si Yuri sufre una gripe de ‘esas que andan’.

A la mañana siguiente, tras preguntas y análisis, el doctor se limita a pedirles que vuelvan en dos días a recoger los resultados y presentarles un diagnóstico.

El viernes, se enteran de que el joven padece de mononucleosis infecciosa.

La mamá sufre un sobresalto. Una dolencia con semejante nombre parece algo muy malo. Así que, como haría cualquier madre, acosa al médico con preguntas sobre la ‘rara’ enfermedad.

Pero esta vez no se trata de un episodio trágico.

El galeno tranquiliza a la preocupada madre: Le explica que la mononucleosis es un fenómeno viral que se transmite a través de la saliva, en la que el virus se mantiene vivo por horas. Por eso la llaman ‘Enfermedad del Beso’ o ‘Fiebre de los Enamorados’.

Los síntomas más frecuentes son malestar general, fiebre, dolor de garganta, fatiga, pérdida del apetito e inflamación de los ganglios, del hígado y del bazo. No es una enfermedad grave, y las complicaciones no son frecuentes, dependiendo del estado inmunológico del paciente.

Yuri sanaría con reposo y dietas livianas, y consumiendo mucho líquido. El virus desaparecería por sí solo.

Yuri pensó mientras lo escuchaba que también suspendería los besos en la boca, pero el médico, entre risas y guiños cómplices, le aseguró que sólo tendría que esperar a curarse.

Vale agregar que a los estudios con visión negativa sobre el beso se contraponen otros muchos que reconocen y alaban sus virtudes. Uno reciente señaló que esta caricia más bien ayuda a preservar la salud, y entre otras conclusiones citó como ejemplo que los hombres que besan a sus esposas antes de partir al trabajo suelen vivir más años.

Así que besarse no es sólo una de las formas más bellas de expresar el amor, sino que también es bueno.

Y si se quiere filosofar sobre la trascendencia de este acto universal, y se busca una síntesis que capte con profundidad y detalle su lado espiritual, puede encontrarse un buen ejemplo en un conjunto escultórico que nos regaló en 1886 el francés Auguste Rodin, y que llamó sencillamente así: El beso.

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