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Una historia viva


En una tarde de los cálidos veranos habaneros, escuché un diálogo o quizá un monólogo, que no sólo llamó mi atención, sino que se quedó grabado en mi memoria. Pasado ya algún tiempo recuerdo con increíble claridad a aquellas dos personas de la raza negra enfrascados en una charla que los aislaba un tanto del bullicio reinante.
El más viejo contaba a su interlocutor de manera pausada, pero indudablemente apasionada, las proezas que sus ancestros africanos habían protagonizado en la época colonial-esclavista.

No importaba si sus anécdotas habían sido aprendidas en algún libro de texto, o recibidas de sus mayores décadas atrás. Lo importante para mí fue el orgullo con que brotaban las palabras de sus labios. Hablaba de crueldades, hazañas y heroicidades.

Ahora que los afrodescendientes cubanos ponen cada vez más énfasis en su lucha contra las ‘manipulaciones de que ha sido objeto la herencia africana’ y las múltiples omisiones con las que se priva a la población negra del lugar que le corresponde en la historia de Cuba, y su aporte al proceso de conformación de la nación, vale la pena recordar algunos de esos pasajes, no como un pasado remoto y sin trascendencias, sino como una fuente de inspiración para el cotidiano vivir.

Lo cierto es que la sed insaciable de riquezas, para cuya satisfacción se introdujeron grandes contingentes de africanos en Cuba, configuró la forma de vida a que fueron sometidos. Al trabajo abrumador y al hacinamiento en los barracones, habría que sumarle los castigos que se les infringían ante cualquier infracción de su carcelario régimen de vida.

Pero todo ello tuvo una rápida respuesta, contribuyendo a una tradición de lucha y de rebeldía, que ha llegado hasta los tiempos actuales. Las reacciones de los esclavos ante sus realidades, no se hicieron esperar. Entre ellas, quizá las de mayor repercusión, aunque no las únicas, fueron el ‘cimarronaje’, el ‘apalencamiento’ y las sublevaciones, en algunas de las cuales participaron notables representantes de la sociedad blanca dominante.

Los cimarrones eran esclavos prófugos que deambulaban solos o en pequeñas cuadrillas, mientras que el palenque, constituyó un lugar de reunión de relativa estabilidad para los fugitivos, en zonas de difícil acceso para los ‘rancheadores’ que no cesaban en sus persecuciones.

La confluencia de africanos procedentes de diversas regiones de África en los palenques, enfrentados a múltiples adversidades, constituyó un factor importante en los procesos de integración interafricana. Influyó notablemente en la gestación de un sentimiento de solidaridad humana ante las dificultades, muy palpable en la Cuba de hoy.

Son muchos los relatos que recoge la historia sobre la heroicidad de los apalencados y la resistencia que ofrecían a sus perseguidores. Tal es el caso, por ejemplo, del capitán de los esclavos reunidos en el palenque El tambor, en las inmediaciones de La Habana, que se enfrentó ferozmente a los rancheadores que los atacaron, para que sus compañeros tuvieran tiempo de dispersarse y sólo fue vencido, cuando le cortaron las dos manos a machetazos.

Las sublevaciones fueron una constante, sobre todo en los períodos de mayor florecimiento de la economía esclavista de plantaciones. Algunas de ellas lograron estremecer hasta los mismos cimientos del régimen esclavista. Tal fue el caso de las que estallaron entre los años 1842 y 1843, que conmovieron las regiones de Matanzas y Cárdenas.

En uno de los momentos de máximo esplendor esclavista, se concentraban los mayores volúmenes de población esclava de la isla. Los sublevados llegaron a apoderarse de varias plantaciones y poblados de la zona y liberaron a multitud de sus hermanos. Y aunque fueron sometidos por las grandes fuerzas que contra ellos enviaron el gobierno y los esclavistas, esa gesta ha pasado a ser una de las páginas heroicas de la historia de Cuba.

Por su trascendencia, al celebrarse el centenario de la abolición de la esclavitud, en 1986, se levantó en el antiguo ingenio Triunvirato, uno de los principales escenarios del levantamiento, un monumento que simboliza la enconada lucha de los esclavos por su libertad.

Esos acontecimientos constituyeron una fragua que contribuyó a forjar esa tradición de lucha, que alcanzaría su máxima expresión en las guerras por la independencia de Cuba. En ellas los africanos y sus descendientes participaron masivamente, no sólo como soldados de fila, sino que muchos de ellos alcanzaron importantes posiciones en la dirección de la lucha. Recordarlos, cobra hoy un valor nada desdeñable como acicate en la cruzada que la población negra lanza, cada vez con más fuerza, contra prejuicios y estereotipos raciales y contra las prácticas discriminatorias que sufre la población negra.

Aunque el contexto histórico es otro y otras son también las formas de lucha que imponen las circunstancias actuales, la reflexión en torno a esos hechos, contribuye a fortalecer los fundamentos de su reclamo cívico y pacífico, pero decidido, para desempeñar un papel protagónico en el devenir de su propia vida y por el logro de una igualdad que le corresponde como derecho y no como concesión.

Como ha señalado José Hugo Fernández, en su trabajo La llaga que no cicatriza: “Vemos como hoy en Cuba, los negros son tratados como iguales (al menos en teoría), sólo mientras estén dispuestos a sobrellevar en silencio y asintiendo, la coyunda del daltonismo y la invisibilidad, así como cualquier forma de imposición…”


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