La historia del negro en los filmes cubanos
La defensa de la igualdad entre los hombres ha sido propósito de todos los movimientos sociales, desde La comuna de París hasta la revolución cubana de 1959. Para los grupos humanos históricamente supeditados –negros, mujeres, homosexuales, entre otros- , fue la oportunidad de ocupar un lugar como integrantes de un conglomerado social.
Entonces, después de la revolución, el negro, una raza destinada a ejercer oficios despreciados por los blancos, dejaría de ser un esclavo; la mujer, de ser sólo ama de casa o prostituta, y el homosexual debería ser visto como un hombre, sin el estigma de su elección sexual.
En medio de ese proceso transformador, los medios audiovisuales y en especial el cine se revelaron como uno de los vehículos que con más fuerza rompió esquemas de tiempos anteriores, incorporando temas y personajes que hasta el momento estaban excluidos de la pantalla.
La sociedad cubana, desde sus orígenes, tuvo sus clases sociales perfectamente estratificadas. El negro, traído desde África como mano de obra imprescindible en el cultivo de caña -fuente casi exclusiva de formación de capital en la isla-, nunca fue visto más que como un animal de trabajo. Siempre fue considerado el último escalón de la sociedad y cuando el criollo se definió como clase, en abierta oposición al español, obvió a aquél que, producto del mestizaje, comenzó a diferenciarse como una nueva clase económica.
El concepto de discriminación estuvo definido aún en los momentos en que, por necesidades de carácter político u otras, negros y blancos se unieron tras un objetivo común. La abolición de la esclavitud obedeció a un criterio económico y político más que humano. Incorporó al negro como elemento activo y vital en su consecución, pero el advenimiento de la república trajo consigo la frustración de los principios propugnados, que se diluyeron sin que la igualdad de derechos y posibilidades, se hiciera efectiva.
En el cine del período pre revolucionario no existió ningún interés en reflejar problemas raciales, el negro sólo apareció como telón de fondo en oficios relacionados con la servidumbre, músicos, bailarines, o como personaje bufo, habitualmente ligado a la vagancia y, en ocasiones, se aludió a manifestaciones de su cultura- la música, la danza- que podían ser integradas o servir como divertimento a la sociedad blanca.
Los filmes de la primera década del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográfica) tampoco analizan la marginación del negro, lo que hace pensar que los problemas raciales han desaparecido solo por la voluntad de que sea así.
El negro, como personaje, solo aparece en una historia ubicada antes de 1959, La decisión (José Massip, 1964), que no hace una disección profunda del tema racial: lo esboza y lo disuelve con un tono falsamente existencialista.
En la década del setenta el cine cubano sigue sin abordar la polémica aún no resuelta. Se vuelve hacia los siglos XVIII y XIX, centrándose en la esclavitud y minimizando la importancia del negro como pilar económico de la sociedad, ejecutor de casi todos los oficios y trabajos que los blancos se negaban a ejercer.
A causa de sus obcecados prejuicios racistas, sobre todo, los criollos nacidos en pleno régimen esclavista, se hacen adaptaciones de novelas importantes con interpolaciones evidentes de los conceptos políticos de la segunda mitad del siglo XX cubano, casi imposible de creer en el contexto en que se ubican.
Aparece una serie de títulos entre los que se encuentran: El otro Francisco, Maluala, Rancheador entre otros, llamados por la irónica sabiduría popular ‘negrometrajes’.
El otro Francisco (Sergio Giral, 1974), basado en la novela Francisco, de Anselmo Suárez y Romero –hecha por encargo del reformista Domingo del Monte-, introduce, desde su mismo título, la posibilidad de una segunda y más profunda lectura del esclavismo como mal de la sociedad cubana del siglo XIX.
El argumento de Anselmo Suárez y Romero, es una denuncia de la esclavitud, la historia transcurre en una atmósfera edulcorada por una relación amorosa típica de la literatura de salón de la época.
Giral, en su filme, expone lo que a su juicio son las verdaderas causas del fenómeno y penetra en las motivaciones de una clase que más que pretender un cambio de sistemas por razones humanitarias, lo hace presionada por intereses económicos. El filme posee un marcado abuso de la música y los bailes folklóricos de los negros que van en detrimento de su verosimilitud.
Las visiones de Suárez y Romero y la de Giral se mantienen como dos historias separadas, con elementos repetidos, sin que el espectador pueda librarse de la sensación de estar viendo dos películas muy parecidas y a pesar de ello, diferentes.
Constituye una excepción la realizadora Sara Gómez (1943-1974) primera mujer que dirige un largometraje en Cuba, De cierta manera (1974), donde es abordada la temática de la marginalidad con hondura para develar los escollos y las fisuras de la realidad cubana -que no es lo que públicamente se propugna en la prensa y los medios audiovisuales oficialistas-, con un planteamiento complejo e interesante.
El personaje principal es un joven negro marginal llamado Mario, que decide cambiar su vida, pero las implicaciones de este cambio no siempre le resultan fáciles. Es un individuo lleno de contradicciones, cargado de machismo, en el que se contraponen sus aspiraciones y su resistencia a renunciar a la falsa estabilidad que le otorga el mundo donde está acostumbrado a vivir. De cierta manera, sin hacer hincapié en la categoría racial de los personajes, deja muy claro que estas situaciones, por problemas ancestrales, están constituidas fundamentalmente por negros.
La Sara Gómez desconocida por el público, nos revela una mujer identificada con su realidad, portadora de tres pecados fundamentales para la Cuba de esa década: afrodescendiente, mujer y partidaria de la religión sincrética.
Pudo ser una negrita pianista ‘clase media’, para ello fue preparada. Estudió en el conservatorio de música de su ciudad con excelentes notas y tenía su espacio laboral en esa especialidad ya ganado, por herencia en la tradición familiar de músicos. Un golpe de esos, imprevisibles y cambiantes, como el del 1 de enero de 1959, el triunfo de la revolución cubana, el país fue estremecido por un proceso que abarcó todas las esferas de la sociedad así como también político y económico, la hizo cambiar de una realidad a otra.
En 1961 se integra a trabajar en el ICAIC, como asistente de dirección al lado del reconocido director Tomás Gutiérrez Alea. En 1964 lleva a cabo su primer corto, Iré a Santiago, de solo 16 minutos, amparada por el poema de Federico García Lorca, ejecuta un recorrido noble y entusiasta por Santiago de Cuba y sus habitantes. En imágenes frescas capta la sensualidad, la espontaneidad, y la alegría del cubano, edita el material ella misma con comentarios de su propia cosecha. Todo realizado al estilo de cine libre, tan en boga en aquellos tiempos.
Sara Gómez era ante todo una mujer cabal, con una lengua cortante y pronta a estallar como una navaja al aire ante lo que no le pareciera bien, amiga de las bromas, las ocurrencias y de la buena música, negada a las etiquetas y a las consignas que intentaban tapiar interrogantes.
Transgresora por naturaleza, ávida por conciencia y de una ternura que derrochó a raudales en su vida, entre sus amigos, amores e hijos, su obra y la cultura de este país.
Su propuesta cinematográfica es un ejemplo de la transformación artística que el arte ofrece de la vida real, a pesar de que para algunos su manera de hacer cine era imperfecta, era un cine de vida, de una vida llena de emotividad, pujanza y verdad del mejor arte.
En Cuba se muestra, se habla, y se defiende la memoria popular que conforma la identidad. Por ello, el montón de imágenes que Sara logró atrapar en su quehacer artístico, en el que late gran parte de nuestras esencias y carencias, vistas con ironía y humor a ratos, contrastantes a menudo, pero siempre de forma reflexiva, nos resultan inefables. Como dijera su amigo y compañero de creación Tomas Gonzáles: ¨En la obra de Sara encontramos esa porción del espejo que nos devuelve la totalidad de nuestra imagen emotiva y dolida pero complementaria de la memoria e identidad popular cubana¨.
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Comentarios
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- Maikel
- 31 de agosto, 2009 9:57 pm (GMT-5:00)
- Y qué me dicen de ¨El derecho de nacer¨, la versión cubana, que además fue la obra que lanzó al mundo la radionovela, y luego la telenovela... allí se refleja un problema racial; pero además, todavía en el siglo XIX, época en que cristaliza la nacionalidad cubana, el negro no era considerada parte de ella, ni ellos mismo se consideraban como tales, por lo tanto, hay un elemento de de autorreconocimiento, sin dejar de reconocer el racismo, que tampoco es exclusivamente blanco vs. negro, como se quiere ver aquí.
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