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La educación y los afrocubanos


“¡Parece mentira! ¡Quién lo diría! Era el orgullo de sus abuelos, que nunca pudieron llevar a uno de sus hijos hasta el lugar al que él llegó”. Fue el comentario de un anciano, mientras esperaba que le terminaran de pesar las viandas que había pedido en el agro mercado. Su interlocutora, también longeva y de esas negras que peinan canas, asentía con cierto rictus de pesar en su rostro.

El motivo del intercambio de frases y miradas era Alejandro, el nuevo dependiente del agro mercado, procedente de una familia negra extensa y pobre, que había aprovechado las ventajas del sistema educacional cubano y se hizo ingeniero agrónomo, en uno de los centros universitarios ubicados en las afueras de La Habana. Ahora, vendía productos agrícolas.

La reforma del sistema educacional fue una de las tareas de mayor prioridad que se planteó la revolución triunfante en 1959. Pero no era nada nuevo. La educación había centrado la atención de la población y de muchos políticos y activistas sociales desde el momento mismo en que se instauró la república en 1902. Un viejo problema, que nunca tuvo una solución equitativa para todos los sectores sociales del país.

La cuestión más grave estuvo siempre relacionada con la población negra. En 1905, recién proclamada la independencia, Rafael Serra, uno de los más destacados líderes antirracistas del momento, expresó: “El negro cubano tiene planteado y sin resolver un problema, el problema de los problemas… el de su educación.”

Ellos ya habían experimentado cómo la falta de preparación de su grupo racial, a menos de 30 años de haber sido abolida la esclavitud, era el elemento que constantemente esgrimían las élites blancas para justificar su poca participación en las posiciones administrativas e importantes áreas del mercado de trabajo.

Y aunque el sistema de educación pública, desde el inicio republicano, no era racial, y las aulas se ‘abrían para todos’, existieron situaciones que fueron en detrimento de los afrocubanos. A partir de la crisis económica de 1929 y la inestabilidad política que caracterizó a la isla en la década del 30, la educación pública sufrió un duro golpe, que afectó mayormente a los sectores más pobres y de manera particular a los afrocubanos.

Las escuelas privadas tomaron un fuerte auge, y éstas, en contraste con las escuelas públicas, eran prácticamente segregadas. Los maestros afrocubanos, difícilmente podían encontrar un puesto de trabajo. El florecimiento de estas instituciones hasta 1958, permitió, a las clases medias blancas, mantener a sus párvulos separados en un mundo selecto y fuera de la influencia de los sectores negros del país.

A pesar de todas esas barreras y las dificultades financieras, que constituían la justificación económica y no racial que explicaba la baja proporción de negros en los centros de enseñanza media y superior, los afrocubanos supieron aprovechar desde los primeros años del siglo XX, ciertas ventajas que le ofreció el sector público de la educación y paulatinamente un número creciente de ellos, logró trascender la primaria hasta obtener títulos profesionales y universitarios.

La falta de equidad social y racial en la educación cubana y la baja representación de los afrocubanos en las profesiones, fueron fenómenos ostensibles cuando triunfó la revolución en 1959.

Ésta puso en práctica el proyecto de reforma educacional muy tempranamente. La Campaña de Alfabetización, La Ley de Nacionalización de la Enseñanza y la creación de planes especiales de educación, entre los que podría mencionarse el Plan de Educación para Campesinas Ana Betancourt, trajo a La Habana a 150 mil campesinas, muchas de ellas procedentes de las provincias orientales del país con alto número de población pobre, negra y mestiza.

Pronto fue visible el avance en ese campo para los sectores populares, donde los negros y mestizos estaban altamente representados. Según el censo de 1981, en la educación secundaria la proporción de negros y mestizos llegó a ser ligeramente superior a la de los blancos.

La ampliación de la educación universitaria, el aumento de las matrículas y la extensión de las universidades a todo el país, contribuyeron a la creación de un masivo grupo de técnicos y profesionales, sin distinción racial, que influyó notablemente en los cambios que experimentó la composición racial de la estructura ocupacional.

Siguiendo el censo mencionado, aunque los negros y mestizos continuaron siendo mayoría en sectores del trabajo manual, como el de la construcción, su proporción en las carreras profesionales, llegó a ser similar a la de los blancos.

Fue en medio de esa ‘avalancha’ que Alejandro obtuvo su título de ingeniero y comenzó a trabajar como técnico en uno de los planes agrícolas en las afueras de La Habana. ¿Qué ha ocurrido entonces, para que Alejandro haya dejado su vida profesional, por la que tanto luchó, para vender unas pocas viandas en un mercado, por demás, casi siempre desabastecido?

El desplome de los programas sociales, el derrumbe económico, la inoperancia de diversos complejos productivos y sobre todo, el deterioro de algunos valores sociales que siempre tuvieron una alta significación para los cubanos, como resultado de la fuerte crisis económica que vive el país, son algunos de los problemas que se hacen evidentes, para cualquier persona que transite hoy por campos y ciudades de Cuba.

En las últimas décadas ha aumentado el número de jóvenes que deambulan por barrios y ciudades, sin estudiar y sin un empleo. Aquí parece insertarse precisamente Alejandro, que ya no es tan joven, pero que es un graduado de la Revolución.

En los últimos tiempos se manifiesta un fuerte desinterés tanto por acceder como por ejercer ciertas carreras profesionales. Ser un profesional y ejercer una carrera, que tanto valor tuvo en el pasado, ya no reviste tanta importancia.

En el caso de Alejandro, por ejemplo, y es algo que se repite mucho, el trabajo que realizaba, la de profesor en una escuela técnica, después de la debacle económica del plan agrícola, donde inició su vida laboral, le proveía un salario que apenas le alcanzaba para satisfacer algunas de las necesidades básicas de él y su familia. Ya el dólar y su sistema de cambio estaban en la economía cubana. Había que buscar otras alternativas.

La educación debe replantearse y hacer que responda a las verdaderas realidades del país y no a la creación de un ejército de profesionales, sin el futuro que merecería su esfuerzo en los estudios y que al final terminan abandonando lo que fue objetivo primordial de toda una vida.

Alejandro a diferencia de otros, no se aventuró a quedarse totalmente desempleado y vivir del mercado negro, sino que encontró una posición, que tiene cierto vínculo con el área que conocía, y que le proporciona ciertas ‘entradas’, ya sea en moneda o en especies que obtiene del agro mercado y sus conexiones con los distribuidores.

Desde luego esta es una realidad que no se da sólo entre los afrocubanos, sino que es algo que está sucediendo con mucha frecuencia entre los profesionales graduados después del triunfo de la Revolución.

De cualquier manera Alejandro ríe, sigue siendo jocoso y amable, se mueve con rapidez en su área. Pero, ¿qué llevará en su interior?, ¿frustración?

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Comentarios

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Mandy
22 de septiembre, 2009 2:01 am (GMT-5:00)
Muy Interesante

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